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Alguna vez me reencontré con un hombre con el que había pasado momentos muy buenos. Habíamos salido(ish) por unos meses antes de que él decidiera que ya no lo haríamos más, y quedamos en términos excelentes. Tiempo pasó, muchas conversaciones y parejas eventuales pasaron, y decidimos volvernos a ver, con las mismas intenciones casuales que antes.

Mis recuerdos sobre él eran increíbles. Nos divertíamos y su presencia siempre me pareció reconfortante, dentro del marco en el que necesitaba que lo fuera. Me gustaba (parafraseando a Camila Sodi en “Señorita Pólvora”: “Estaba buenísimo”), era lo suficientemente inteligente para no hacerme escribirle a una amiga diciéndole que me llamara fingiendo una emergencia, y en general los meses en los que habíamos salido(ish) fueron impecables. El hombre cumplía con su función perfectamente bien (y escribí sobre él alguna vez, cuando mi lenguaje era mucho más pretencioso y habíamos dejado de salir(ish) brevemente, mis amigas lo conocían como “Mr. September”).

Volverlo a ver no fue lo que esperaba. O tal vez sí, porque parte de mí sabía que no iba a ser lo que creía que esperaba. Para empezar, ninguno de los dos se veía igual que antes, habíamos crecido en más de una forma y éramos personas diferentes. La química que quedaba no era más que un intento desesperado de nuestros cuerpos de darle sentido al reencuentro, o por recuperar la familiaridad que alguna vez se sintió tan bien.

Y aún presintiendo que sería así, acepté verlo. ¿Por qué? Por melancolía, por supuesto. Recordarme con él era recordarme en un momento más ligero, más simple y más, oh well, joven. Era recordar diversión y recordar desenfado y recordar momentos en los que no necesitaba tanto alcohol para hacer la vida llevadera. Recordarme con él me gustaba porque me gustaba yo, no estando con él, sino en el momento en el que por azares del destino coincidimos.

No era la primera vez que pasaba, pero definitivamente fue la última.

Desde que lo saludé supe que no volvería a verlo. Su nuevo cuerpo y sus nuevas palabras solo lograron sacudir mis memorias, a las que solía recurrir en busca de ligereza, y acentuaron la pesadez del (entonces) presente. Hay recuerdos –como Britney pre-2006 y todos los diálogos de Dawson’s Creek– que deben quedarse como tales, que mientras se mantengan intactos pueden servir como recurso de escape y de risas espontáneas frente a la compu, como secretos solo tuyos y fantasías que son buenas porque son fantasias. Vamos a jugar a dejarlas así para siempre.

Never again, preciosuras, never again.

Un beso,

P.

¡Gracias por compartir!
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Ana Pau

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