Las tres, rodeadas de artefactos que nunca sentimos fuera nuestra única función en el mundo aprender a usar.
Las tres, rodeadas de artefactos cuyo uso jamás se sintió como nuestra única función en el mundo. (Don’t mind the headband. I was going through a phase).

Comencé a llamarme feminista hace relativamente poco tiempo, ya muy entrada en la universidad y después de mucha discusión, mucha educación y muchos descubrimientos. Pero aunque la consciencia de que soy indudablemente feminista es nueva, mis actitudes y creencias siempre lo han sido –por lo menos parcialmente. Y el otro día, reflexionando sobre roles de género y quién preparará o no la cena después de la boda, lo descubrí: mis papás son feministas y no tienen idea*.

Quizá tiene que ver con que ambos crecieron en casas con una fuerte mayoría femenina, o con que tuvieron tres hijas, pero ni por un segundo durante mi infancia se me hizo sentir que ser mujer me hacía diferente a la otra mitad de la población mundial.

Siempre se contó con que estudiaría lo que quisiera (aunque fuera periodismo), que ejercería mi carrera, y que mi papel en mi casa sería decidido por mí. Si quería lavar los platos los lavaría, y si no, cualquier otro miembro de la unidad doméstica podría hacerlo.

Recuerdo (y cada vez que voy vuelvo a verlo) haber visto a mi papá cocinar, limpiar, vernos en todo espectáculo escolar en el que participábamos, abrazarnos cuando estábamos tristes –o estamos–, llevarnos a comprar ropa y vistiendo de rosa sin pensarlo dos veces, elegir una plancha para paninis como regalo de navidad y tratar con respeto a nuestros novios (implícitamente respetando nuestra capacidad de elegir con quién estamos). Lo recuerdo, sobre todo, apoyando nuestras luchas, muy a su manera, y apoyando y haciendo que mi mamá supiera que apreciaba su esfuerzo, sin importar cuál fuera en ese momento.

También recuerdo a mi mamá trabajando cuando quiso o fue necesario, sintiéndose orgullosa de su trabajo, y siendo ama de casa cuando necesitó o podía permitírselo. La recuerdo siendo fuerte y siendo tierna, siendo una persona ocupadísima y teniendo una intensa vida social, balanceando situaciones que hoy no me explicó cómo logró balancear. La recuerdo cocinando por amor a la cocina, y nunca forzándonos a cultivar el talento que yo definitivamente no heredé –pero por lo menos una de mis hermanas sí. La recuerdo consentida y la recuerdo consintiendo.

Es cierto que no son académicos, que mi casa se regía también por una serie de principios muy tradicionales, y que probablemente no tienen idea de quiénes son Gloria Steinem o Betty Friedan (tal vez su activismo se reduzca a amar a Beyoncé y Emma Watson), pero si no fuera por lo que aprendí observándolos así, sin darme cuenta, mi vida sería muy distinta, y este blog seguiría sonando como lo hacía en el 2011. Al final del día, los pequeños detalles y las pequeñas huellas de familias individuales pueden tener un gran peso.

Qué suerte la mía.

Pau.

*Y no estoy segura de que les vaya a gustar que los llame feministas en público.

 

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Pau

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