Nota previa: No recuerdo jamás haber comprado una revista “Barbie”, y sin embargo recuerdo claramente el término “fotonovela” relacionado con ella. Y como fallé cada vez que intenté escribir sobre la boda, decidí que una fotonovela es la mejor forma de hacerlo. Si quieren sentirse periodistas llámenle fotorreportaje. Barbie y yo sabemos la verdad.

Prólogo

Llegamos a la hacienda cerca de las 11 am, después de una mañana extraña, que nunca hubiera imaginado sería la mañana del día de mi boda. Para empezar, alguien tenía que ir a casa de mi abuela por los velos, el alcohol y no sé qué otras cosas… y ese alguien terminé siendo yo. Cuando llegué, uno de los velos estaba arrugado, así que tuve que ir a casa de un tío por la plancha de vapor con el accesorio adecuado para alisarlo.

Después pasé por la comida más healthy que encontré, un panini y un jugo, y off we went.

Yo estaba extraña y alarmantemente calmada. Las planners, las estilistas y todos los presentes estaban sorprendidos por mi ecuanimidad. Esta selfie fue enviada a no sé quién mientras yo me relajaba en bata en la cama del cuarto de la hacienda.
Comencé a emocionarme cuando comenzaron a maquillarme, supongo que porque fue el primer momento en que de hecho me sentí *parte* del evento. Antes solo era una espectadora. Aún así, nada de nervios, solo emoción y una extrañísima sensación de paz.
Los aretes que usé fueron los mismos que usó mi mamá (y no sé cuántas otras mujeres de la familia) en su boda. Además, en esta foto queda evidenciado la primera cosa que salió “mal” en la boda: aquí, mi tocado está puesto como lo habíamos acordado. Después de que me ponen los velos, el tocado está al revés. Oh, el drama.
El collar fue usado por mi madrina de bautizo (hermana de mi mamá) en su primera comunión. La cadena era dificilísima de desabrochar, y no nos enteramos hasta este preciso momento.
Mi cuñado, D., trajo pizza para todos los que se podían dar el lujo de estar inflamados porque sus vestidos no les apretaban en la cintura.
Para los que no podíamos… sashimi, que mantengo como la comida ideal para toda novia nerviosa: mucha proteína para evitar que pierdas fuerzas, y nada de bloating. Todos ganan (excepto el atún, qepd).
Esta es L., prometida de D., probablemente pidiéndole la comida.
Aquí, Juan finge que se arregla (como la mayor parte de los novios en sus fotos de “getting ready”), y presume sus mancuernillas: JS y PV, porque somos cursis.
Así me sentí todo, todo el día.
Decidimos que las batas dijeran nuestros nombres en lugar de nuestros “puestos” para poder reutilizarlas en las bodas de todas las demás. Su próxima aparición será el 4 de noviembre, en la boda de L. Mi mamá, por suerte, seguirá siendo la mamá.
El orden de estatura fue accidental. Para mí era importante que mi suegra y cuñada estuvieran ahí y se arreglaran conmigo y con mis hermanas, especialmente porque la boda era en Mérida y habían viajado tanto por mí.
Y entonces, fue momento de meterme al vestido, hazaña de coordinación, fuerza, trabajo en equipo, equilibrio, y muchas otras habilidades que solo las mujeres Rubio poseen.
No estoy segura de qué está pasando aquí, pero se ve interesantísimo. (ETA: Ya recordé. Había una mujer dentro de mi vestido, arreglando las capas de tul. ¿Ven? Interesantísimo).
Momento heartwarming, aunque ligeramente posado. Las fotos de boda no son honestas, pero son muy, muy bonitas. Nuestra mayor preocupación en este momento era acomodar mis boobs para que no me prohibieran la entrada a la iglesia.
Adoré esta foto. Mi papá y yo somos sumamente awkward, pero fue un momento genuinamente lindo. No una despedida (porque no vivo con ellos hace más de ocho años), pero sí de felicidad compartida y de lo bonito que se siente saber que tu papá está feliz por tu felicidad, y confía en tus decisiones.
Era hora de revelarle a #ElHubs que el vestido cumplía con todas las características que no le gustan.
“¡Es muy grande! ¡Y es puro tul!” – Yo, a #ElHubs.
Me perdonó por hacer lo que se me dio la gana a la hora de comprar el vestido. Recomiendo a todas las novias hacer lo que se les dé la gana, especialmente si tiene que ver con el vestido.
Esto pasaba mientras teníamos “el encuentro”. A partir de que se ven no van a tener ningún momento solos, es importante que lo creen. Juan y yo no lo hicimos, y me hubiera gustado.
Hora de la sesión de fotos.
Este fue el intento 654 del twirl. No se preocupen, no estábamos mareados (más que por el amor).

Continuará…

(Todas las fotos –excepto la selfie– por Daniel González).

 

¡Gracias por compartir!
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Ana Pau

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