Siempre juré que jamás me convertiría en una señora. Mi sueño de adultez era convertirme primero en una MILF que da clases de yoga y es mitad hippie y mitad alcohólica, y después en una viejita que se deja el pelo largo y lo pinta de morado porque fuck your expectations.

En cambio, me casé, me corté el pelo en un bob (en un salón decente… ni siquiera en el baño con tijeras de primaria como aquella vez en 2013), y como salgo temprano del trabajo dedico mis tardes a regar y hacer galletas. Encima de todo no he hecho yoga en semanas porque despertar junto a #ElHubs es delicioso, y de MILF no tengo ni las boobs. Esto no es un simulacro.

Mis hermanas dicen que soy una señora. Mis compañeras de trabajo dicen que soy una señora. Incluso yo, más frecuentemente que no, me refiero a mí misma como una señora. ¿Será que me he convertido en una señora? Y si sí, ¿qué es lo que no quería de serlo?

En España, el término “señora” se usa para mujeres a las que se respeta, y el término “señorita” no existe. En México, la palabra está asociada al matrimonio, y las “señoras” corrigen cuando se les dice “señorita”, y viceversa, como presumiendo en un caso el matrimonio y en el otro la virginidad.

Para mí, que renegaba tanto convertirme en una, tenía poco que ver que con qué tan respetable se fuera o con la presencia o ausencia de esposo o himen. El problema era que igualaba ser “señora” con haberme rendido. Y vaya… el asunto era sexista y etista a morir, porque en el imaginario colectivo –que claramente había permeado al mío– la vida de la mujer se acaba cuando cumple con su supuesto propósito: procrear y cuidar a su progenia.

La consecuencia es que yo percibía a las “señoras” de mi vida como seres unidimensionales: solo madres, o quizá solo amas de casa, aún si era clarísimo que en su vida había mucho más. Mi mamá, por ejemplo, tiene un trabajo que disfruta y en el que es valorada, múltiples grupos de amigas y una agenda social que me marea; mi abuela, por su parte, fue la mujer más enamorada del hombre más enamorado de ella hasta que este falleció (hola, abuelo, todo bien por aquí), y aunque en la superficie parecía que después de 6 hijos no le quedaba tiempo de nada, tiene una profunda vida espiritual y un sentido de la moda envidiable. Y lo mismo con todas las demás “señoras” con las que me he topado: las reducía a lo más superficial y estereotípico.

Ahora Jessica, la “señora” no mucho mayor que yo que trabaja en la casa, se refiere a mí con esa palabra cada vez que platicamos. “Sí señora”, “Claro señora”, “Yo le aviso señora”; he notado que en estas interacciones encuentro más irritante el hecho de que sienta que tiene que hablarme como una jefa a que use en particular la palabra con “s”.

Además, me ha quedado clarísimo que no solo riego las plantas, decoro la casa, juego con los perros y hago galletas, sino que disfruto hacer cada una de esas cosas. Es un privilegio tener tiempo para pasar viendo flores y un jardín que me encanta; es un privilegio tener una casa que decorar y los recursos para hacerlo a mi gusto; es un privilegio tener mascotas y poder estar con ellas; y es un privilegio haber tenido una mamá con recetas de galletas que seriamente podrían hacerme millonaria si le echara ganas. Y aún más: es un privilegio tener un trabajo en el que me siento realizada y que al mismo tiempo me permite pasar tiempo haciendo otras cosas que disfruto. Y si estar obsesionada con la esquina vacía de mi sala me convierte en una señora, entonces me declaro una de ellas.

Admito que en ocasiones me ha preocupado que el placer de hacer cosas “de señora” venga más bien de la inercia de haber sido socializada de cierta forma que de un gusto genuino, pero podría hacerme esa pregunta sobre todo lo femenino que disfruto (y son muchas, muchas cosas). Vivo en conflicto con ello. ¿Se puede ser feminista y femenina? ¿Se puede ser feminista y dar tanta importancia a un ficus? La respuesta sencilla, y no dejen que nadie les mienta al respecto, es “duh… obvio”.

Y aunque esa es una conversación para otro día, no se preocupen: todavía planeo pintarme el pelo de morado porque fuck your expectations.

Un beso,

P.

 

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Ana Pau

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