A Foster le llevó 24 horas enseñarme mi primera lección en Madrid. Íbamos saliendo a pasear, la llevaba a la Zona Canina del Parque del Retiro (a la que jamás había ido), y salimos de nuestro hotel caminando como siempre lo hacemos. 

Foster iba con las orejas hacia atrás de la emoción, con su paso más alegre y absolutamente extasiada de estar ahí. Ahora, Foster no tenía idea de a dónde íbamos, y sus experiencias de las últimas 48 horas habían sido todas negativas: un viaje de 4 horas en coche, 3 horas dentro de su transportadora en el aeropuerto, y otras 13 entre el vuelo y el momento en que me la entregaron, y después llegar a un verdadero huevo de cuarto que nada que ver con el enorme patio que disfrutó un mes entero en casa de mis papás.

Pero ella no recordaba eso. Ella solo estaba feliz de haber salido, aunque no sabía qué iba a pasar después. Bien pudo haber tenido miedo de ponerse la correa, o decidido que ya no quería caminar más. Y no. Ella estaba feliz de estar ahí.

Para no hacer el cuento largo, Foster soy yo. Casi.

Ella llegando a Madrid.

Estoy en Madrid después de mes y medio sin casa y con medio mes más de vivir de maletas por delante. No tengo idea de qué va a pasar después. No tengo estructura, no tengo rutina, y lo único que tengo es a Foster y a #ElHubs. La diferencia es que yo me he enfocado en todo lo que no tengo y lo que quisiera tener, y por momentos he dejado de estar feliz de estar aquí.

Ver a Foster caminar con las orejitas hacia atrás, la colita relajada y olfateando todo lo que veía me hizo darme cuenta de la forma más cursi de que, carajo, tengo millones de cosas que esperar. Y aunque la verdad es que no sé qué cosas son, podría estarlas descubriendo todo el tiempo.

Aquí ella descubrió los menús de comida.

Cada mañana despierto junto al hombre más guapo que he visto, desayuno un croissant con una textura increíble, y me queda todo el día para estar con él –el hombre, no el croissant– y llevar a nuestro sorprendentemente bien portado cachorro a pasear. Tuve dos semanas para estar en casa de mis papás y disfrutar a mi familia sin presiones, como hace años no lo hacía. Todos los días descubro que el mundo está lleno de personas amables y sonrientes a las que les encanta que sea mexicana, y me doy cuenta de que todo el mundo puede ser pet friendly si nos lo proponemos. Camino por la calle en falda y el único “guapa” que dicen se dirige a Foster. Esencialmente estoy en las mejores semanas de mi vida.

He dejado que el cansancio me robe la alegría que Foster no perdió ni después de 20 horas sin dormir ni ir al baño –porque las damitas no se hacen en su transportadora jamás.

Ella, apenas salimos del aeropuerto.

Pero ya no más. No sé qué viene después, pero como dijo mi maestra de yoga favorita: “Empezar de cero a veces apesta, pero es donde todas las cosas buenas comienzan”. Y sí, ya comenzaron.

Un beso,

P.

¡Gracias por compartir!
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Pau

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