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Este post no va a ser difícil de escribir. De hecho, hacerlo seguramente será muy fácil. Lo que costará un poco más será dar clic al botón de “Publicar”, que tanto quiero y tanto nerviosismo y emoción suele provocarme.

Siempre he sido un poco ansiosa, el tipo de persona que exagera tanto la importancia de las cosas que prefiere no exponerse a ellas que afrontar eso que tan enorme le parece. Me pasa desde secundaria, por lo menos, y después de graduarme de la universidad el problema se acentuó por momentos; en el último año la situación se volvió verdaderamente crítica.

Los últimos seis meses, en particular, he sufrido de ansiedad incapacitante. Al principio, los ataques de pánico me daban una vez por mes, y en el peor momento cuatro o cinco veces por semana. Y quien haya tenido uno de estos ataques alguna vez, sabe a lo que me refiero: primero una sensación de que algo no está bien, pero solo como una incomodidad; de repente cualquier cosa que suceda o en la que pienses se vuelve algo muy grave (en mi caso, casi siempre se trataba de la planeación de la boda, del trabajo o del estado casi siempre desastroso de mi departamento), y eventualmente la parálisis es tan grande que lo único que quieres hacer es escapar de donde quiera que estés. Si estás en la oficina, quieres ir a casa, y si estás en casa quieres dormir para que todo se detenga.

No se trata de un nerviosismo cualquiera, ni de debilidad, aunque eso es lo que tu cabeza te repite: no eres lo suficientemente bueno, eres tonta, eres débil, no tienes talento, todo el mundo lo puede hacer menos tú, si la gente te conociera en realidad les darías pena, eres un fracaso como adulto (o hijo, madre, novio, esposa, o cualquier cosa a la que te dediques), fueron unos tontos por contratarte y tú fuiste una tonta por creer que podrías hacer el trabajo, está contigo solo porque no te conoce bien, eres una carga para él, todos tus conocidos estarían mejor si no estuvieras, o nadie notaría tu ausencia, tu mascota sería más feliz si la hubiera adoptado cualquier otra persona, sigues rompiendo la dieta porque no tienes fuerza de voluntad, no te paras a hacer ejercicio porque eres floja, no vales nada, no significas nada, no puedes nada.

Eres tú, constantemente diciéndote todo eso. Y duele más que si lo dijera cualquier otra persona, porque si eres quien mejor te conoce, debes tener razón. Recuerdo claramente que la frase que más me decía era “dispárame en la cabeza”. Y aunque no tenía la verdadera intención de hacerme daño, así de mala era mi situación: sentía dolor y miedo con más frecuencia e intensidad que una persona normal (como yo percibía a las personas “normales”), y quería desaparecer.

Durante este tiempo todo alrededor de mí sufrió: mi trabajo, el blog, la planeación de la boda, los paseos de Foster, mi relación con #ElHubs. Y eso solo contribuía a reafirmar mi percepción de que era todas esas cosas malas que sentía ser. Era el círculo vicioso de las profecías autocumplidas.

Yo sabía que algo estaba mal, pero me llevó mucho tiempo (definitivamente demasiado) buscar ayuda. No fue sencillo y había muchos factores involucrados, pero los más importantes fueron que tardé mucho en identificar y tener claro que el problema no era yo, sino algo en la química de mi cerebro, y –como siempre– el dinero. Cuando finalmente estuve en la situación de buscar ayuda, lo hice. Y en principio tuve mucho miedo.

Por procesos del seguro, fui primero con un médico general, y le dije que necesitaba ir con un psicólogo. Recomendó que fuera con un psiquiatra, y escucharlo me dio tranquilidad, pero cuando vi que escribió “Psiquiatría” en el pase para la siguiente consulta, el mundo se me vino encima: ¿qué quería decir eso sobre mí? ¿soy el tipo de persona que va con un psiquiatra? Vaya, obviamente sí, porque iba a ir con uno, pero ¿qué significaba eso?
Me di cuenta de que tengo un montón de prejuicios, internalizados durante toda la vida, y que aunque racionalmente sé que ir a un psiquiatra solo significa que has decidido tomar las riendas de tu bienestar, tenía miedo de la forma en que la gente lo percibiría. Y por eso escribo esto.

Me llamo Pau, voy al psiquiatra una vez al mes, me receta un antidepresivo y unas gotas para dormir, y fue la mejor decisión de mi vida. Y creo que es muy importante que hablemos del tema.

Desde que comencé a tomar el antidepresivo y a dormir bien –cosa que antes me parecía imposible– mi vida ha dado un giro que todavía me cuesta creer. Me siento competente y creativa en el trabajo, tengo una decena de proyectos para el blog, la boda va viento en popa, mi vida social volvió a la vida, Foster recibe muchos más abrazos, volví a hacer yoga, no me dan ganas de comer fuera de mis horas y en general puedo pensar. Mi cabeza ya no está llena de golpes para mí misma. Y cada cambio es sumamente notorio para mí, y pasé los primeros días en una felicidad absoluta, consciente de que cada segundo de claridad es un regalo.

He aceptado que no estoy “loca”. La química de mi cerebro necesitaba ayuda para funcionar bien y fui al psiquiatra, como iría al cardiólogo si fuera mi corazón, o al traumatólogo si me lastimara. A veces aún es difícil hablar sobre el tema, o “confesar” que no puedo tomar alcohol porque prefiero tomar clonazepam para dormir bien, pero siento que recuperé mi vida, y no encuentro razones para disculparme o sentirme apenada por eso. Soy Pau otra vez.

Necesitamos hablar del tema porque sé que no soy la única, y sé que muchas de las personas que sufren algún desbalance químico no lo saben. Sus familias, sus parejas, el resto del mundo o ellos mismos quizá se dicen que son débiles, o temperamentales, o que están en sus días, o que su vida es imposible de manejar, y mientras no se planteen la posibilidad de que no tienen la culpa no van a buscar ayuda, y ese es el peor error que podemos cometer. Yo tuve la suerte de tener una pareja, una familia y una mascota abiertos y comprensivos.

Somos humanos y a veces la vida nos pone mucha presión encima (o de plano apesta, ¿por qué no?), y si una plática con el psicólogo o una pequeña pastilla (prescrita por un especialista) cada noche nos va a convertir en lo que necesitamos ser para afrontarla, ¿quién es nadie para ponernos una etiqueta?

Hoy sé que todo está bien, y todo va a estar bien, aún cuando en el momento las cosas no lo están. Por lo pronto puedo prometer escribir mucho más, y mucho mejor.

Un beso,

P.

¡Gracias por compartir!
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Pau

3 Comments on Necesitamos hablar de salud mental

  1. D.
    September 17, 2016 at 12:03 am (11 months ago)

    Escribí 3 veces mi comentario y por lo visto no se publicó… pero en resumen era para agradecerte el compartir esto, es una forma de acabar con los prejuicios que existen sobre la salud mental y quizás ayudar a alguien que no entiende que es esa sensación de querer salir corriendo, esas palpitaciones, esa dificultad para respirar y el creer que todo esta mal y sobre todo que una esta mal. Lo más importante es pedir ayuda y seguir adelante aceptandonos y como bien dices no olvidar que todo estará bien. Gracias Pau.

    Reply
  2. Eu
    September 22, 2016 at 10:08 am (11 months ago)

    Hola, Pau.

    Tengo las ideas hechas bola, pero te escribo a como pueda.

    Agradezco que hayas compartido tu experiencia. No todos los días leo a alguien que se abre de la forma en la que tú lo hiciste, y me da gusto que lo hayas sacado de tu sistema simplemente porque sentías que lo necesitabas hacer, y porque consideras que es importante hablar de salud mental.

    No dudo que testimonios como el tuyo ayuden a algunos cuantos -o a muchos- a sentir alivio, al menos por un ratito. Porque no me quiero imaginar cuántas personas sufren en silencio, por miedo al qué dirán, y porque, tristemente, el tema de la salud mental sigue siendo tabú, o al menos es lo que he percibido desde hace bastantito tiempo.

    Te cuento. La salud mental es un tema del que se habla en la familia desde hace 10 años o más, cuando a mi papá le diagnosticaron uno de esos llamados “trastornos del estado de ánimo”. Por cierto, el diagnóstico y su tratamiento marcaron un antes y un después en la dinámica familiar. Para bien.

    De hecho, mi esposo también pasó por una racha muy complicada cuando comenzó a sufrir ataques de ansiedad, y al principio no sabíamos de qué se trataba. Aparecían los síntomas, se instalaba el pánico, pensaba (pensábamos) lo peor. Estudio tras estudio… En fin. Pidió ayuda, y en combinación con el ejercicio y demás alternativas de relajación, todo va mucho mejor. Por eso me da gusto que hayas buscado ayuda.

    Como siempre he dicho, nadie es Superman. Se vale pedir ayuda. Hay que hacerlo. Por nuestro bien, y el de quienes nos rodean.

    A raíz de lo de mi papá, me familiaricé con palabras como ansiolíticos, antidepresivos, mood swings, ansiedad, bajones, depresión, psiquiatra… Desde entonces, he visto de chile, de dulce y de manteca:

    1) Aquellos que, al enterarse, prefieren poner su rayita, y de pronto desaparecen del mapa. Más vale huir, y no tener que lidiar con una persona “así”.

    2) Aquellos que, al enterarse, de plano no entienden. Y con “no entienden”, me refiero a que comienza la juzgadera, las opiniones. Comienzan a cuestionarte. De pronto ellos son expertos en el tema, y te dicen que basta con inhalar y exhalar. Y ojo: no se vale decir que es porque “no lo han vivido”, porque, si a esas vamos, ¿cómo sí te entiendo cuando me dices que te diagnosticaron insuficiencia renal, cáncer o alguna enfermedad cardiovascular?

    3) Y tampoco se vale decir que es porque “no lo han vivido”, porque también hay quienes, al enterarse, independientemente de que entiendan o no -es más, quizá ni se trate de entender el padecimiento, solo, pues, ¿de ser humano?-, no cuestionan, no juzgan, no fruncen el ceño o levantan la cejita o hacen cualquier otro gesto que denote escepticismo. No ponen etiquetas. Se mantienen abiertos, pues. Algo así. Es más, si son muy cercanos a ti, se interesan en informarse, en saber más sobre la enfermedad.

    Todo este rollo para decirte, again, que me da mucho gusto que hayas pedido ayuda, que hayas decidido hablar sobre el tema -es necesario, y hacen falta más Pau que se abran como tú lo hiciste-, y que todo vaya viento en popa, incluida la planeación de la boda. 😉

    Gracias, Pau.

    Reply
  3. Eu
    September 22, 2016 at 10:17 am (11 months ago)

    Oops, faltó agregar algo que había puesto al volver a leer lo que escribí, pero copié la versión anterior. Va para el punto 2):

    “… De pronto ellos son expertos en el tema, y te dicen que basta con inhalar y exhalar. ¿Un antidepresivo? ¿Ir al psiquiatra? ¡Santo Dios! Y ojo: no se vale…”

    Reply

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