Hace una semana y media se casó la primera de mis compañeras del colegio. Esta no fue una shotgun wedding. Fue una boda legítima, con planeación temporal estándar, pajes, damas, padres felices y amigas dispuestas a recoger el ramo sin hablar mal de la novia y sus andanzas. Nada de pancitas disimuladas, nada de intentos de decir que fue un honeymoon baby, nada de cámaras de MTV listas para grabar. Fue una boda de verdad… lo que claramente es una señal de que atrás han quedado las épocas en que, bueno, podía sentirme un no-adulto.

 Mi reacción fue la normal durante la crisis del cuarto de vida. Grité “Soy vieja” y reflexioné durante horas mientras exploraba mi frente por arrugas y buscaba canas —como si no hubiese refrescado mi tinte hace dos días— intentando responder a la antiquísima pregunta: ¿en qué momento pasó? y, tomando inspiración de Meredith Grey, ¿cómo hago que se detenga?

No seré completamente negativa: I LOVE weddings. No por la fiesta, no por el alcohol gratis, no por ver a mis amigos de la infancia —does anyone?— y no por las fotos en el periódico. Las amo porque proporcionan horas interminables de pensar en vestidos, fotos y decoración. ¿Saben que amo más que los vestidos, las fotos y la decoración? Casi nada.

Diré, por lo menos, que intentaré inclinarme hacia el “Se casó muy joven” para no seguir traumatizándome, y siguiendo ese razonamiento: si se van a casar jóvenes, sigan leyendo para que su boda sea un lavish affair, que aunque no tengo interés en caminar con un anillo Tiffany hacia el altar en ningún momento cercano, sé lo que quiero… y lo que quiero es esto.

Un vestido que me haga sentir increíble, llorar cuando me lo ponga y no morir de vergüenza —cual vestido con hombreras ochenteno hoy— cuando lo vea en cincuenta años. Yet fashion forward.

Amo imaginar que me ven, pero una cosa es que tal vez me estén viendo y otra es saber que hay 500 personas observándome detenidamente y twitteando —porque ese tipo de crowd será invitada, por supuesto— al respecto. Joanna Hillman es buena referencia. El vestido tiene que hacerme sentir como me haría sentir este:

(Palm Springs de Watters)

O este:

(Swan, de Watters)

O maybe este:


(Bouquet, de Monique Lhuillier Bridal Fall 2012)

Fotos con una iluminación impecable.

And by “impecable” I mean they must look romantic and make us both look good. No es como que la materia prima lo complique. Ninguna foto cliché en la sala de la familia. Ninguna.

(Fotos de Stylemepretty.com)

Decoración

Oh dear. Peonías en coral y lo demás en blanco y gris. Rojo si me siento intrépida. Punto.

(Foto de Harper’s Bazaar)

¿Logré hacer mi punto? Tal vez me esté haciendo vieja pero, queridos lectores, ser una señora a los 22 no está en las cartas para mí. Fuera de lavar mi ropa y hacer mi comida —oops…— me rehúso a actuar como tal. Si no soy joven hoy, ¿cuándo?, y una boda no significa que las cosas tengan que cambiar demasiado. La actitud no tiene edad (true story, pregúntenle a Carine Roitfeld), y solamente para cerrar con una nota romática recuerden: lo importante no es la boda —even with the insane dress— sino el tiempo en que la foto de ese día esté colgado en el vestíbulo y lo veas con una sonrisa.

Un beso,

P.

@TipoPauYAsi

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Pau

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