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Estoy a dieta. Sí, sé que no estoy muy pasada de peso y sé que la pizza es lo mejor del mundo (es una realidad a la que me enfrento todos los días), pero el asunto es que por primera vez en mi vida decidí comenzar a comer como una adulta consciente de que todo ese pepperoni probablemente no sea lo más conveniente si pretendo verme como Jane Fonda a los 70 años –el verdadero propósito de mi vida.

En mi limitada experiencia con la necesidad –más psicológica que otra cosa– de bajar de peso, comer bien siempre ha sido la parte más complicada. Me encanta hacer ejercicio y me encanta la comida saludable (siempre que alguien la prepare por mí, lave los platos y compre todos los ingredientes), pero nunca he conocido un carbohidrato con el que no quisiera fraternizar, el queso es mi indiscutible mejor amigo y El Dude atestiguará que nunca me hace tan feliz como cuando llega al departamento con unas cuantas bolsa de papas y humus y/o dip y/o chocolates.

Conclusión: Realmente disfruto comer. Y he dejado voluntariamente algunos de mis alimentos favoritos, pero solo en su mayor parte, porque no creo en el abandono total. Y la razón por la que no creo en él es porque soy tremenda, absoluta y devastadoramente ineficaz con él. Con la excepción de las ocasiones en que la cosa en cuestión me aburre –como ha pasado con cientos de un par de hombres, pasó con “Girls” y pasará con la canción de “Taxi” (espero, pero El Dude atestiguará también que eso va para largo)– no sé decidirme a dejar algo por completo a menos de que tenga una razón de la que esté 100% convencida.

Hasta ahora, la única razón que ha logrado convencerme de desprenderme de algo es el miedo a lastimar a alguien.

Suele pasar que decimos y pensamos que alejarnos es lo correcto, lo único correcto. Pero con frecuencia no nos la creemos por completo o estamos siendo ligeramente dramáticos. En este caso me refiero de ocasiones en las que desprenderse es realmente necesario. Alejarse porque es mejor así. Alejarse porque genuinamente es importante para la otra persona, y porque estar cerca de ti podría ser tóxico, peligroso, o sencillamente traería un peso o un riesgo innecesario a su vida. Y porque el dolor de alejarse, por muy grande, es significativamente menor al que seguirse viendo o hablando podría provocar.

La fortaleza frente al dolor, entonces, es relativa. Aguantamos perfectamente que nos depilen lo que sea o que nos duelan los músculos después de hacer mucho ejercicio porque el resultado nos gusta, pero la más mínima señal de un dolor sin razón nos lleva directamente a ese cajoncito mágico donde guardamos los analgésicos. Y podemos con el dolor de dejar algo que nos gusta solo cuando las consecuencias de no hacerlo serían insoportables.

¿Mi consejo? Regala ese snack tentador a quien más confianza le tengas, bloquea de toda red social a la persona que quieres lo suficiente para dejar ir (funciona mejor que decir “Deja de estar conectado” a la compu, en mi experiencia), y corre mucho, mucho para que se te olvide que ambas cosas existen.

Si tan solo las galletas que me acabo de comer hubieran tenido ese mismo respeto por mí, las cosas estarían mejor.

Un beso,

P.

 

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Ana Pau

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