Siempre he sabido que, algún día –no te emociones, mamá– quiero tener hijos. No sé si por instinto, por romance o por haber asimilado que así tenía que ser, pero viví más de dos décadas sin cuestionar este hecho una sola vez: quiero ser mamá –algún día, mami, de verdad, detente.

La primera vez que mi resolución se tambaleó fue cuando ese “algún día” se convirtió en un “bueno, tiene que ser aquí si quiero alcanzar a hacer esta maestría en este momento”, y después de leer un par (de docenas) de artículos de HuffPost (etcétera), me di cuenta de algo que las mujeres probablemente han sabido durante décadas: tener hijos no es un juego o un “paso natural”. Tener hijos es un paquete tremendo y, como tal, debe ser una decisión. Y no sabía si estaba decidida.

Siempre he sido muy orientada a mi carrera. Aún más que cualquier otra cosa, desde pequeña me definieron (y, por lo tanto, me definí) como una persona inteligente, de esas que tienen todo el potencial del mundo y deben seguir sus sueños aunque se endeuden por 48 meses con su universidad elegida (y no me arrepiento de –casi– nada). Y siempre he regido mi vida en la dirección de mis objetivos profesionales.

¿Objetivos personales? Siempre los he tenido, como queda claro con la primera frase de este post, pero los manejaba como un camino paralelo, aparte del profesional, y faltó conocer a El Dude y hacer planes juntos para darme cuenta de que –oh, sh*t– eventualmente iban a chocar de manera catastrófica. En lugar de caminos paralelos, voy a tener que intercalar los grandes eventos de mi vida personal y profesional si quiero siquiera tener la esperanza de cumplir con algunos de mis sueños. Y no tiene nada de gracioso darse cuenta de eso.

Además, me cayó con todo su peso la realidad de que El Dude no se tenía que preocupar (tanto) por eso. Para él, decir que tiene novia hace cuatro años, quiere casarse o que planea tener hijos es una señal de estatus en el mundo laboral. A mí, en cambio, me deja como un riesgo, y –aún peor– me hace sentir como que lo soy. Sentir que se tiene que elegir entre uno u otro camino (trabajo o familia) es una preocupación eminentemente femenina, que empeora cuando nos damos cuenta de que aún se espera que tengamos hijos solo porque podemos, dejándonos, si queremos dar gusto a alguien, sin capacidad efectiva de decisión: tenemos que elegir entre trabajar o tener hijos, y es nuestro deber tener hijos.

Cualquier otra cosa es una catástrofe y se percibe como una rebelión. ¿Mamás que trabajan? Desobligadas. ¿Prefieres trabajar a ser mamá? No lo suficientemente mujer. ¿Decides quedarte en casa? Retrógrada. Y francamente estoy harta de que la gente juzgue lo que cada quien hace o no hace con su sistema reproductor, su tiempo y su dinero.

Y aún si la disyuntiva sigue estando ahí, y no podamos librarnos completamente de ella, una cosa es importante: hay que recuperarla como una decisión. Olvidémonos del qué se espera de nosotras y declarémonos dueñas de nuestra vida, nuestros órganos y nuestro futuro. Ya muchas generaciones han sufrido de tener menos porque no se les permitió entrar, así que hay que tomar las oportunidades que tenemos –limitadas o no– y hacer exactamente lo que se nos antoje con ellas, porque no le debemos nada a nadie más que a nosotras.

Un beso,

P.

 

 

 

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Ana Pau

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