Como extranjera, hay pocas cosas tan refrescantes como entablar conversación con un compatriota, especialmente si es inesperada. Así que cuando dos mexicanas cayeron como del cielo en mi Starbucks de cabecera –porque habiendo tantos cafés en Madrid, decir “un té chai con leche deslactosada alto, porfa” también se siente como estar en casa– entre gritos malcontrolados de “goey” y “chingado”, me di cuenta de que las cosas pequeñas son las que más me dan tranquilidad, y por lo tanto las que más desgastan cuando están ausentes. 

Mudarse a otro país implica cambios enormes, de los que hablaré en algún momento, pero mis meses en España me han enseñado que estos son los más tolerables, quizá porque desde el principio nos queda claro que tendremos que hacer un esfuerzo por acostumbrarnos a ellos. En cambio, el diablo está en los detalles, en los que jamás tenía que pensar en México y que ahora significan un tipo especialmente doloroso de tortura. Pondré tres nada más, por aquello de no hacer llorar a nadie.

  • Cada vez que saludo o me despido de alguien. Aquí dan un beso de cada lado, y equivocarme con esto podría tener consecuencias catastróficas –como dar besos en la boca a uno que otro desconocido– y el asunto me preocupa tanto que probablemente ya soy célebre en Madrid por decir “Son dos” en voz alta cada vez que lo hago. LIKE THEY DON’T KNOW THAT. Qué oso.
  • Cada vez que me atrevo a hablar. Tengo la suerte de vivir en el país donde nació mi amada lengua. Pero joder*… cómo la hemos cambiado. Pierdo 10 minutos por cada hora de conversación preguntando “¿Sí le dicen así?” o “¿Cómo le llaman a los [inserta palabra completamente mundana aquí]?. Por si se angustiaron, una guía rápida: moretón = moratón, lagaña = legaña, baguette = bocadillo, bocadillo = tapa, jamón = york, premio (para perro) = chuche, dulce = chuche, croquetas = pienso, papilla de jamón frita = croquetas, bye = hasta pronto, camarón = gamba, rastrillo = cuchilla, rasurar = afeitar, spiderman = espiderman. Equivocarte con cualquiera de estos también podría tener consecuencias catastróficas.
  • Pedir un drink. ¿Una caña? ¿Una doble? ¿Una copa? ¿Un (vino) tinto? ¿Un tinto (de verano)? ¿Un agua mineral con gas o sin gas? A-YU-DA. #consecuenciascatastróficas

Platicar con mexicanas fue un descanso de todo eso. Por unos minutos, mi mente no estuvo en alerta constante pensando en todas las formas en que podía desencadenar una serie de eventos desafortunados que terminarían en mi irremediable deportación y la orfandad de Foster.

No sé si en el mundo real (a.k.a. México) hubiera tenido una conversación tan agradable con a) una mujer con un bebé de tres meses –ni si me hubiera pedido que lo cargara para descansar un momento con la confianza de quien sabe que un compatriota no puede ser un secuestrador– y b) una estudiante de intercambio de 22 años. Pero la tuve, y se sintió como estar en casa.

Un beso,

P.

*See what I did there?

 

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Pau

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