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No me había dado cuenta de que nunca había querido ser un superhéroe hasta ayer, que vi Wonder Woman y quise ser como ella. Quería poder patear así, saltar así (restando, quizá, la parte de ser un semidios), defenderme así, correr así… quise que mi cuerpo fuera así de poderoso. Fue como volver a ser una niña, en realidad, y me emocionaba cada efecto, cada grito, cada vez que se levantaba después de que la tiraban al suelo.

Saliendo de la película me sentí tan “ruda” que tomé la decisión de tener el cuerpo de Gal Gadot (menos 18 centímetros, si Google tiene razón), y no para ser sexy, sino para ser fuerte. Además, como respuesta a algún comentario de #ElHubs, crucé mis muñecas frente a mi cara y puede o no ser que haya hecho algún grito furioso.

Ayer, de repente, algo despertó dentro de mí y quise ser un superhéroe.

De la tardanza de este sentimiento podríamos echar la culpa a muchas cosas. Podríamos decir que mis papás no me llevaron a ver suficientes películas cuando era chiquita, o que siempre fui estereotípicamente femenina y además estudié en un colegio de pura mujer, así que ni cómo hacerle. Pero la verdad es que nos estaríamos engañando: nunca quise ser un superhéroe porque nunca conocí uno con el que pudiera identificarme.

No tengo una voz rasposa como Batman, no tengo un cuerpo admirablemente triangular, como Superman, y no sé inventar cosas como IronMan. ¿Lo peor? Aún si pudiera volar o fuera un genio, sigue habiendo una barrera entre ellos y yo, porque ellos son algo *man*, y yo por lo tanto Batgirl, Supergirl, o Pepper Pots. Siempre el sidekick o la damisela en peligro; jamás la verdadera heroína… por lo menos hasta ayer.

Ayer por primera vez me vi en un superhéroe, porque puedo hacer cosas para ser como ella. Jamás seré Spiderman o Wolverine… pero ayer, 27 años demasiado tarde, alguien me dijo que no tengo que esperar a que me rescaten; y aunque no tenga las piernas eternas y los labios de Gal Gadot, en ella vi un poquito de mí, y le debo creer que puede haber más a la niña que daba patadas frente al espejo de sus papás fingiendo que era una karateka que no aparecía en la película de “Tres ninjas” (todos hombres, obviamente).

Nunca había querido tener una hija tanto como ayer. De hecho, lo admito, nunca había querido tener una hija. Ahora quiero tener hijas y ahijadas y primas y sobrinas y que mis amigos las tengan, para llevarlas al cine, y decirles que pueden crecer como Diana: rodeadas de mujeres fuertes, que no encuentran límites en su fuerza, y cuya única respuesta cuando les dicen que tienen que ponerse más ropa encima sea “¿Y qué se ponen aquí las mujeres para pelear?”.

¡Gracias por compartir!
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Ana Pau

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