letgo

Por lo general soy una mujer de esmaltes de gel. Para los menos letrados en los asuntos de las uñas, son pinturas especiales que requieren luz UV para secar, brillan mucho y duran impecables por lo menos dos semanas.

Me encanta que con una cita de una hora estoy lista para todos los eventos que se aproximen, que no tengo que preocuparme porque se fragmenten, que permanecen brillantes hasta el día en que decido cambiarlas, y el proceso de ir al salón a que me consientan un ratito. Pero una vez al año –en parte por evitar una exposición excesiva de mis manos a los rayos UV, y en parte porque detrás de tanta perfección quedan uñas bastante lastimadas– las dejo descansar.

Estando ahora mismo en uno de esos breaks, decidí cubrir mis uñas con esmalte de los normalitos, en un color muy parecido a uno de mis más frecuentes –un rojo oscuro tipo oxblood– aún sabiendo que un par de días después iba a tener que repetir el proceso porque la caída de dicho esmalte era inminente.

Y mientras observaba el fruto de mi trabajo, sentí un golpe repentino de alivio: aunque me encantaba el color de mis uñas, podía elegir quitármelo en cualquier momento.

Esa reacción fue algo muy raro para mí. Dentro de todo, suelo ser una persona estructurada que disfruta de saber qué va pasar después. Hago planes y ,aunque no pasa nada si cambian, me siento más tranquila sabiendo que están ahí y que sé qué camino seguir en caso de que todo lo demás se salga de control.

Pero durante un segundo, viendo mis uñas, fui absolutamente feliz por la sencillez de saber que las dejaría ir y el resultado no sería catastrófico. Todo iba a estar bien, y podía cambiar el color cuando se me antojara.

Mi decisión no era para siempre –sí, en lo que a uñas se refiere, dos semanas son “para siempre– y no era un verdadero compromiso. Era un capricho, un momento de placer, y era sumamente saboreable.

Lo mismo sucede con muchas otras cosas en la vida. Por muy hermosas que sean, hay algo aún más hermoso en el desapego, en saber que se van a ir y que su única función fue hacer de un momento, su momento, uno un poco más lindo.

Pasa con las personas, con los trabajos, con la ropa, con los amigos de la fiesta y con la comida, y para poder disfrutarlos plenamente necesitamos aprender a dejarlos ir, aún antes de saber que van a hacerlo.

Al final del día, para sentirnos completamente libres tenemos que reclamar nuestra libertad, y no hay mejor forma de hacerlo que despreocuparnos por completo. Y la vida se disfruta más así.

Eventualmente, después de un par de días con las uñas perfectas las dejas de notar, porque sabes que siguen ahí. No hay duda, no hay incertidumbre, y no hay la emoción de saberlas falibles y “perdibles”, ni la necesidad de retocar ese fragmento en la punta cuyo color desapareció. Requieren tan poco trabajo que dejan de sentirse, y la vida debe sentirse para ser vida.

A lo mejor debería, aunque no sea en las uñas (sorry, el gel está en el top 5 de los amores de mi vida), dar un descanso al deseo de permanencia, de vez en cuando.

Un beso,

P.

 

¡Gracias por compartir!

Ana Pau

1 Comment on Pretty Guilty y tener para dejar ir

  1. ZiiL
    May 26, 2016 at 12:46 pm (10 months ago)

    Demasiado pinche buena esta entrada, Pau.

    Reply

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