Recientemente mi adorada laptop comenzó a tener achaques casi tan terribles como los míos. El sonido comenzó a escucharse lejano y como un chillido (pero solo en uno de los usuarios), si oso apagarla tarda 10 minutos en reiniciarse –señal inequívoca de que su fin se acerca, según la experiencia de varios conocidos, de vez en cuando la pantalla se apaga y a pesar de tener 8 megas de RAM suele congelarse en los peores momentos.

¿La maltrato demasiado? Probablemente. También acaba de cumplir cinco años y forma parte de una generación problemática de MacBooks Pro de 2009, con la pantalla un poco floja. Nada que hacer más que esperar su muerte, rogar por espacio en las tarjetas para su sustituta y hacer lo que no hice en estos cinco años: un respaldo.

Los interrumpiré antes de que terminen de juzgarme: he sido muy irresponsable. Ya. Si yo lo digo no sirve de nada que lo mencionen. Ahora enfoquémonos en lo importante: los obstáculos de hacer un respaldo.

Descubrí, haciendo una exploración profunda de mis muchos archivos, que tengo por lo menos una docena de ellos llamados “Borrador”, “Sin nombre”, “Working title” y parecidos. Mal de escritores.

Eran cosas que no supe con qué nombre guardar, porque no sabía lo que eran, iban a ser o podían ser, y que entonces dejé abiertas más tiempo del necesario y finalmente solo semi-cerré para quitarlas del camino pero sin asignarles un significado verdadero.

Pero siguen ocupando espacio en el disco duro, y aún en múltiples crisis preferí eliminar otras cosas –fotos, trabajos de la escuela, música– que dejar ir los pedazos de no-sé-qué que se escondían tras nombres de archivo tan poco descriptivos.

Esta situación no es exclusiva de nuestros discos duros. Lo mismo pasa con nuestras mentes, si le creemos a Sherlock –y siempre, siempre le creemos a Benedict Cumberbacht– y con nuestros corazones: si no definimos bien qué significa para nosotros un evento, una relación o un momento y solo lo hacemos a un lado, permitimos que ocupe espacio que podría servir para algo nuevo, que nos podría servir más o hacernos más felices. Inserten suspiro aquí.

Volvamos a mi agonizante laptop para encontrar una solución.

Como yo lo veía, tenía dos opciones. Podía tomar los borradores, working titles y archivos sin nombre y hacer algo con ellos, analizar su potencial y decidir que sí, eran útiles y se convertirían en algo, y trabajar en ellos. O podía mandarlos a la papelera y escuchar ese satisfactorio sonido de papel arrugándose que tanto agradezco escuchar, porque se siente como quitar un peso de encima.

Y con la mayor parte tuve que hacer eso. Dolió, es cierto. Finalmente se trataba de mis palabras, mis ideas, y tenían mucho potencial, o tuvieron mucho potencial en su momento. Pero si no las dejaba ir no tendría espacio para cosas que tuvieran más que potencial.

Con otras, como la idea para esta columna –que existía en una línea: “cosas que no sabes con qué nombre guardar y dejas abiertas”– decidí trabajar. Y se siente muy bien saborear los resultados.

Así que, de vez en cuando, date el tiempo de analizar el espacio en tu corazón. ¿Hay algo que ya no debería estar ahí? ¿Por qué lo guardas? ¿Esperas que se convierta en algo, por sí solo? ¿Estás dispuesto a trabajar por ello? Si lo hicieras, ¿valdría la pena?

Si crees que merecen tu atención, defínelos. Ponles nombre. Así sabrás cómo trabajar con ellos y en qué los quieres convertir. Persíguelos. Si no, arrástralos a la papelera. Si te da miedo dejarlo ir, piensa en el sonido del papel arrugándose. La libertad se siente bien.

Un beso,

P.

¡Gracias por compartir!

Ana Pau

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Comment *