La primera vez que te llamé “amor” dijiste que te gustaba. Lo dije tímidamente, con miedo a que dijeras que era una línea que no podíamos cruzar, aunque yo la había cruzado desde la primera vez que te besé.

Y te besé yo, porque tú no me besaste. Y te quise primero, y te amé primero, y me desnudé primero. Si todo sale bien, supongo, también me iré primero, aunque las estadísticas (mías y solo mías, que son las únicas que cuentan aquí) dicen que seguiré obstinada hasta que obtenga la satisfacción pasajera de saber que, por una vez, tuve más poder que tú. Que me besaste tú, que me quisiste un segundo más, me amaste un segundo más, estuviste desnudo un segundo más.

La improbabilidad de ese final triste y perfecto me mata. ¿Y si sigo así en años? ¿Y si no puedo vivir mi vida por estar jugando con la tuya? ¿Y si nunca me libro de ti? ¿Y si nunca me das lo que quiero?

Sé que me puedes lastimar, y por eso quiero lastimarte. Sé que me puedes romper y pisar aún sin querer hacerlo, y sé que sabes que vas a hacerlo. Si te lo permito, por supuesto; y a lo mejor lo haga solo para ver qué pasa. Solo para ver si puedo hacer que te arrepientas.

Al final del día todos son un juego más, y lo único que te hace diferente es que me desnudé primero.

 

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Pau

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